Consignado en revista Ya de El Mercurio www.elmercurio.cl Por Juan Luis Salinas. Fotografías: Mariana Garay.
Llegó a Nueva York para estudiar arte, pero mientras trabajaba como baby sitter de los hijos de sus profesores descubrió que le gustaba trabajar con niños. Después de diez años como coordinadora de una guardería en el Soho, en 2004 abrió su propio jardín infantil en el artístico barrio de Williamsburg, en Brooklyn, y al año siguiente inauguró el segundo. Bautizados como "Mi escuelita", apuestan por un sistema que al combinar lo multicultural con lo artístico se ha transformado en un boom entre los padres jóvenes que buscan estimular la sensibilidad de sus hijos. La primera guardería infantil que Yvonne González abrió en el barrio de Williamsburg en Brooklyn sólo partió con cuatro alumnos. Niños con orígenes tan diversos como los colores de las paredes del departamento que había escogido para iniciar "Mi escuelita", un arriesgado proyecto de educación infantil que esta chilena inició en septiembre de 2004. "La primera en matricularse fue la hija de la dueña de la academia de yoga que estaba a dos cuadras; después se integraron el hijo de una amiga matrona que utiliza técnicas antiguas, y otra niñita cuya madre es una artista sudafricana radicada en Soho que todas las mañanas cruzaba el Hudson para traerla a clases. Y al final llegó el hijo menor de una actriz joven que venía de la India y vivía cerca", recuerda Ivonne, que hoy maneja dos jardines infantiles con sistema de enseñanza multicultural y artístico, que se han transformado en un fenómeno entre los padres jóvenes que viven en este taquillero sector que enfrenta a la isla de Manhattan. Aunque sus dos escuelitas han sido resaltadas por revistas independientes de Brooklyn por su alternativo sistema de educación, y hace poco The New York Times la contactó para incluirla dentro una guía sobre el estilo de vida de los artistas de Williamsburg, Yvonne descubrió su capacidad para trabajar con niños por casualidad. "Yo no tengo formación de pedagoga ni de educadora de párvulos, descubrí mi capacidad e interés por la educación infantil mientras trabajaba como baby sitter para financiar mi vida de estudiante de arte en la Universidad de Columbia", dice entre risas al otro lado del teléfono, mientras con las ayudantes de su jardín pinta los huevitos de chocolate que esconderá en las salas para que los niños celebren la llegada de la primavera. –¿La llegada de la primavera? –En las escuelitas no celebramos la pascua, porque tenemos niños de tantas creencias distintas que preferimos hacer cosas neutras. Pero igual nos ingeniamos para hacer algo con cada una de las fiestas de las religiones a la que pertenecen los niños... aquí vienen chicos judíos, budistas, musulmanes, católicos y protestantes, por nombrar algunos. Aquí respetamos la diversidad, creemos que es fundamental para la formación de cada niño. Yvonne González tiene 39 años, y en 1991 se fue a Nueva York con la idea de terminar sus estudios de arte en la Universidad de Columbia y acompañar a un novio que iba a hacer un posgrado. Había decidido dejar su vida en Maipú; a su familia, conformada por sus padres y dos hermanos, y no matricularse para cursar su último año de licenciatura en arte en la Universidad de Chile. Recién había cumplido los 22 años y no hablaba inglés. "Fue muy difícil, porque tuve que estudiar ese idioma y tomar mis cursos en la universidad al mismo tiempo. Fue entonces cuando empecé a trabajar cuidando niños, porque era la opción más básica que tenía para hacer dinero como inmigrante. Los primeros fueron los hijos de los profesores de la universidad que me conocían y de repente me encontré con cinco a mi cargo", comenta. Como nunca antes había tenido contacto con niños y su inglés todavía no era muy fluido, Yvonne debió ingeniárselas para crear formas de comunicarse con ellos y entretenerlos. Primero recurrió a sus habilidades con la pintura. Después, empezó a cantarles canciones en español e inglés y luego les inventaba juegos. "Todavía no me explico cómo sucedió, pero me di cuenta de que tenía llegada con ellos, que disfrutaba cuidándolos y que me divertía salir con ellos mochila al hombro a jugar a Central Park". Cuando llegó la época de vacaciones en la universidad y su trabajo disminuyó, Yvonne vino a visitar a sus padres a Chile. A su regreso descubrió que los papás de los niños que cuidaba habían dejado sus trabajos en la universidad, y decidió buscar un nuevo grupo para continuar con el oficio que había descubierto. "A little more than a baby sitter" (Un poco más que una baby sitter), decía el cartel que pegó en The Children Art Museum de Manhattan. En el anuncio explicaba que, además de cuidarlos, ofrecía clases de arte y era bilingüe. El aviso fue más que efectivo, porque a las semanas la llamaron para se integrara a trabajar en una suerte de guardería infantil alternativa del Soho, que era básicamente una cooperativa de padres que utilizaba un edificio público para cuidar a sus hijos. La oferta era tentadora, pero también muy arriesgada porque su labor consistía en hacer un poco de todo: ser la profesora, la orientadora, la coordinadora, la que hacía la planificación del programa. Después de pensarlo mucho y ver cómo podía compatibilizarlo con sus estudios universitarios aceptó. "Fue lo mejor, porque el jardín estaba en Spring Street, en pleno corazón del Soho que recién comenzaba a transformase en el lugar exclusivo que es hoy. Tenía más de una decena de niños a mi cargo, me ayudaba una asistente y todos los padres estaban vinculados con lo artístico. Recuerdo que nos abrían las galerías de arte para llevar a los chicos a ver las exposiciones con los papás antes de que las mostraran al público", cuenta Yvonne. Fue entonces cuando decidió profundizar su formación autodidacta con la educación infantil y buscó un sistema que pudiera unir con su formación artística. "Lentamente armé una forma de enseñarles y comunicarme con ellos. Por eso digo que lo mío, más que libros o sicología, lo he forjado sobre la base a la experiencia que gané durante los diez años que estuve en esa escuela y la relación que tuve con los cientos de niños que pasaron por mis clases", dice Yvonne, y agrega que todavía mantiene contacto con algunos de sus padres. "Me emociona ver que los niños todavía se acuerdan de lo que hacíamos en clases". Su primera escuelita Precisamente cuando cumplió diez años trabajando en el centro comunitario del Soho, se planteó la posibilidad de embarcarse en un proyecto personal. Ya había terminado sus estudios de arte y vivía en Williamsburg, "un barrio que ya estaba convirtiéndose en el nuevo lugar donde querían vivir los artistas". Primero pensó en retomar la pintura, pero al final asumió que su vocación era el trabajo con los niños y desarrolló el concepto "Mi escuelita". La primera escuelita se instaló en una casa que encontró en el barrio, porque Yvonne quería un lugar más amistoso para los niños. "No quería replicar el concepto de los jardines infantiles tradicionales que aquí se instalan en lugares comerciales para facilitarles la vida a los padres, pero como mi concepto de enseñanza y mi forma de ver el mundo estaba ligado a lo artístico, pensé en un lugar más íntimo donde los niños pudieran desarrollar sus inquietudes. Además como este barrio está dominado por gente joven y relacionada con las áreas humanistas, estaba segura de que los padres querían un lugar donde se estimulara su sensibilidad". Aunque no replica sus conceptos al pie de la letra, Yvonne confiesa que el estilo de educación que ofrece en sus jardines está inspirado en un modelo italiano llamado Regio Emilia, que fue creado por el pedagogo Loris Malaguzzi luego de la Segunda Guerra Mundial y establece la idea de educar a través del arte. "La idea es que los niños, junto con sensibilizarse, desarrollen desde chicos un pensamiento crítico y democrático. Para eso, la labor del profesor es incentivarlos a que tomen la iniciativa y guiarlos de forma productiva. Yo partí haciéndolo por instinto, y lo descubrí hace poco cuando una de las mamás de la escuelita me habló sobre esto. Desde entonces no he parado de analizarlo para adaptarlo a la forma de vida actual y a Nueva York". Yvonne comenta que las dos escuelitas que hoy tiene en Williamsburg –la segunda la abrió hace tres años–, están lejos de ser simples guarderías "con un concepto donde los chicos se van a cuidar más que a educar. Por lo mismo, no tenemos más de una docena de niños por curso. Estos tampoco están separados por edad, y son guiados por dos o tres profesores y ayudantes en distintas áreas". Muchos de estos "monitores" son artistas chilenos, como Manuela Viera–Gallo y el músico Christian Torres, quien es conocido por su proyecto electrónico Nutria. Ellos, además de compartir sus conocimientos, también ayudan a fortalecer la idea de la educación bilingüe. "En las clases se combina el español con el inglés de forma lúdica. Nace la conversación, por ejemplo, mientras están almorzando.Los niños piden agua: agua por favor, y con acento gringo. Es más que nada para que se sientan un poco más familiares con el español, que cada vez es fuerte en esta ciudad". Otra de las características es que su proyecto no tiene un currículum establecido. Cree que el papel de la educadora es facilitar y organizar todo para que los niños se desarrollen. "Eso no quiere decir que no haya límites ni normas, ni falta de disciplina. Más que nada, la idea es que los niños aprendan entre ellos, sin que haya una adulta que les esté exigiendo", explica. Ese concepto se combina con una mirada lúdica y artística. "Aquí, las artes visuales, la música y el yoga juegan un papel fundamental. También creemos en la idea de la alimentación orgánica y sólo les damos agua. Y es increíble, pero un niño que toma agua todo el tiempo no pide Coca–Cola. Hay que ofrecerles una gama más amplia de posibilidades. También involucrar más a la familia, hacerlos participar, y darle más movimiento a la educación". Sus días en Nueva York Yvonne está soltera y no tiene planes de tener hijos. Confiesa, con tono relajado y seguro, que con todos los niños que ha visto crecer está más que satisfecha. Aunque a Chile no viene tanto como quisiera, este verano se arrancó por tres meses como un regalo personal. "Desde que me fui nunca había pasado tanto tiempo allá y fue maravilloso, tanto, que decidí comprarme un departamento en Providencia. No estoy diciendo que quiera volver, pero sentí que era necesario tener un lugar propio en mi tierra", explica. En Nueva York su día parte a las siete de la mañana, para tomar una clase de yoga, y a las nueve en punto abre sus escuelitas. "Me resulta fácil repartirme y vigilar lo que sucede en cada una, porque están en la misma cuadra. Y como si eso no bastara, mi departamento está ubicado sobre una de ellas, así que cuando termina la jornada, a las cinco en punto, de inmediato estoy en mi casa", comenta riendo. Aunque dice que no ha dejado del todo su trabajo artístico, espera darse tiempo para retomarlo pronto. Igualmente, todo su mundo personal sigue ligado a esa área. Sus más grandes amigos son artistas, como el chileno Iván Navarro. –¿Te sientes como una chilena exitosa, que le dio el palo al gato? –No sé si exitosa es la palabra, pero me siento súper afortuna de haber tenido la posibilidad, de manera tan fortuita, de encontrar un camino que no tenía planificado. Haber llegado al mundo de los niños es lo mejor que ha pasado, me siento privilegiada de haber tenido todas esas experiencias con esas familias por diez años en el Soho, de aprender con ellos y luego poder crear mi propio espacio, en donde uní mi gusto por el arte y la educación infantil. –Y durante este tiempo, ¿has tenido dificultades para desarrollar tu proyecto? –No muchos, pero al principio, cuando decidí abrir "Mi escuelita", debí sortear un montón de barreras a nivel burocrático. Como no encajo en el prototipo ni tengo la formación oficial de una profesora de jardín, tuve que pasar por probar mi profesionalismo, entrega y visión como educadora y artista. Pero luego de dejarlo establecido, el respaldo que he tenido tanto de las instituciones que otorgan los permisos, como de la comunidad que rodea "Mi escuelita" ha sido increíble. –¿No has pensado en traer el modelo de "Mi escuelita" a Chile? –Es algo que estoy conversando con gente allá. Creo que sería muy importante que se le diera más relevancia al tema de los primeros cuatro años de educación. También, introducir el concepto del arte, de la imaginación en el currículum de los niños, más allá del cuidado que necesitan. Tuve algunas reuniones con gente de organismos oficiales como la Junji e Integra, para conocer las normativas que se deben cumplir, pero no quiero adelantar nada. Tengo claro que las cosas suceden por una combinación de fortuna y trabajo. |