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Susana Rojas-Gil, Francia

Con mi madre- que tenía 28 años- y mi hermano, un bebé de 10 meses, nos vinimos a Francia en el otoño del '75, tras la expulsión de mi padre, preso político en el campo de Tres Álamos. A él, los militares lo habían desterrado unos dos meses antes.

En Chile, formábamos parte de una familia normal, o sea, numerosa, donde no se conocía la soledad ni el aislamiento; incluso, en los momentos  difíciles, como cuando mi viejo fue un desaparecido más de la DINA. Pero, siempre hubo alguien: una hermana de mi madre con sus niños,  un hermano de mi padre, o un compañero de la Comunidad Cristiana para acompañarnos a mi mamá y a mí.

A pesar del tiempo transcurrido y de mí corta edad, recuerdo con nitidez muchos de aquellos momentos y los rostros que se vinculan a ellos. Sin embargo, toda esta solidaridad desapareció de súbito con el exilio forzado que debimos vivir en Europa.
 
Los intentos desesperados por mantener vivo el sentimiento se revelaron vanos con el paso de los años: las cartas, las fotos, las grabaciones, los regalos mutuos no pudieron suplir la ausencia real y larga que nos habían impuesto; nada pudieron hacer frente a los ataúdes y las cunas sucesivas.

Creo que el colofón de esta mutilación familiar lo puso mi abuela materna cuando vino a visitarnos por el año 81; entonces, dijo que no nos podía querer a mi hermano y a mí como a sus nietos de Chile porque no nos había visto crecer.

Con tan sólo 11 años y después del trauma del desarraigo, me tocó comprender que la palabra "desamor" esconde tristeza y decepción. Aunque intuía que, como niños, nos habíamos hecho nada mal. Nunca pude perdonar la rudeza de la confesión de esa señora.

El exilio es como la llama que engulle al crisol, donde se va revelando lo que las personas llevan dentro: mi padre, aquel héroe de la resistencia a Pinochet, se mostró infiel, tirano y violento con nosotros; y mi madre se hundió tercamente en una depresión maniaco-obsesiva, alimentada por la idea de enviar ayuda a su familia  en Chile.

En esos aborrecibles excesos, no había  confianza como para indicarle sus extravíos, y nos encaminamos paulatina e irremediablemente al fracaso final del núcleo familial.
Sin embargo, bien pudimos disimular todo por un tiempo mientras participábamos, padres e hijos, en las intensas actividades del Comité "Gard-Amérique Latine".

Hasta 1988, fueron innumerables empanadas las que cocinamos para financiar las acciones solidarias con nuestros "hermanos" de Latinoamérica, a favor de la Nicaragua Sandinista, del Salvador, del FMLN; de los niños cubanos, peruanos y bolivianos; de las cooperativas de compras en las poblaciones santiaguinas y de las denuncias constantes de los abusos de la dictadura. Sin olvidar los litros de pisco sour escanciados a los simpatizantes franceses.

En medio de tanta acción humanitaria, de tanta dedicación altruista con nuestro prójimo, mis padres se olvidaron de lo esencial: escucharnos, tratar de entendernos, de ayudarnos a crecer a mi pobre hermano y a mí, en esas arenas movedizas del destierro que amenazaban con ahogarnos. Porque éramos chilenos y mi padre nos exigía que fuéramos niños irreprochables, ejemplares entre los demás, negándonos el derecho al individualismo y al libre albedrío, esos "pecados burgueses de los que se las dan de gatos lanudos".

Sobra decir lo agobiante de tales exigencias, y el terror que nos inspiraban los arrebatos de violencia doméstica que a menudo dejaba estallar nuestro padre. Mi nariz quebrada es uno de los recuerdos que conservo de ello. Pero, poco a poco, el miedo se fue mudando en rencor para mí, conforme iba conociendo la vida de mis compañeras de escuela: en su tiempo de ocio, ellas podían acudir a eventos tan triviales como fiestas de cumpleaños,  ir al cine solas, o simplemente escuchar música "tonta" de lolos, incluso hasta podían tener "pololos", cuando lo mío era exclusivamente cuidar de mi hermano menor, ser una ama de casa responsable para ayudarle a mi mamá que trabajaba tanto.

Me tocaba hacer las compras en el mercado, cocinar, hacer el aseo del departamento, coser los botones de las camisas, remendar los calcetines de mi padre sin olvidar de lavarle los pies en el lavatorio familial mientras él miraba el telediario.

Recuerdo la expresión de incomprensión y de asco que se pintó en la cara de mi papá cuando una profesora de arte que yo tenía en el Instituto, le comentó que su hija presentaba fuertes dotes artísticas y que aquello debía ser mi vía profesional. Alzó los hombros dictaminando, sin apelación posible:" ¡Esa profesora tuya está más volada! Artista, ¡no faltaba más!".

Nuestro precario equilibrio familial se derrumbó por completo después del referéndum, cuando a mi viejo le entró la locura por regresar a Chile, sin que nadie en Francia o en Chile intentara razonarlo, menos aún disuadirlo. Con la complicidad de mi madre, y sin consultarnos, vendió la casa que habíamos edificado todos juntos y se llevó el dinero para invertirlo en su país. No esperó conocer los resultados de las solicitudes universitarias que yo acababa de presentar, ni los resultados del bachillerato de mi hermano. Esa traición fue la definitiva, la que lo condenó terminantemente como padre, como jefe de familia después de los malos tratos, de la presión sicológica constante que nos hizo vivir durante tantos años. Siempre apoyado por el silencio cómplice de mi madre y de los familiares chilenos. A partir de allí, decidí vivir por mi cuenta, independiente y sola en mi país de adopción. Me volví como alérgica a los chilenos.
 
Tal vez por eso me casé con un francés, que se conoce toda la triste historia de este naufragio. Él aprendió a entender los momentos de melancolía que de vez en cuando me acechan, y juntos los derrotamos. Tenemos dos hijos que son nuestro orgullo, y que ya no quieren saber nada de sus abuelos. Para dejar de sufrir de una vez, optamos intuitivamente por considerarnos como huérfanos, y nos funciona.

A pesar de las heridas, algunas de ellas todavía no cicatrizadas, formamos un núcleo familial muy unido y feliz. Lo gracioso del cuento es que nuestro hijo mayor también expresa dotes pictóricas y artísticas, sin que nadie le haya dicho nada en especial. ¿Será que el destino se empecina?

 

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